Venezuela, una conversación ineludible

“El mayor engaño de los hombres es el de sus propias opiniones”
Leonardo Da Vinci

 

Escribimos esto desde la más ingenua y absoluta incerteza respecto de Venezuela. Con nuestro país, ese lugar que amamos con la misma fuerza con la que nos duele. Nos sentimos frente a un abismo de sentido tejido de historia, lágrimas y esperanza. En este país el dolor tiene mucho más tiempo que las explicaciones.

Es difícil escribir con el corazón apretado y la mente llena del ruido de los rumores, las posiciones y explicaciones urgentes. Aun así, lo intentamos buscando abrir una conversación necesaria, antes que imponer una verdad. Cuando el dolor se repite tanto que se vuelve transparente, y el país parece suspendido entre la desesperanza y el cansancio, conversar reflexivamente se vuelve un acto de dignidad.

Durante estos más de 26 años, Venezuela ha sido un cuerpo vivo, una herida constante y también una posibilidad persistente. No es posible amputar parte de esa historia, aunque duela. Todo lo vivido habla de quiénes somos, de cómo llegamos aquí y de qué se juega en este tiempo. Y eso es algo que no podemos olvidar si queremos pensar con profundidad y honestidad.

Pensamos en Venezuela no como objeto de análisis, sino como cuerpo que siente, que ha sido golpeado, pisado por la historia, que ha sangrado, que también ha sabido reinventarse y que se niega a seguir esperando a ver qué pasa y a dejar de soñar. Estamos -como quizá muchas sociedades en momentos de quiebre- en una especie de claroscuro, un umbral donde la luz y la sombra se mezclan y donde las certezas se difuminan. Y es en medio de esa penumbra donde necesitamos pensar, sentir y conversar sin miedo a lo complejo.

En estos días, muchos venezolanos hemos transitado un carrusel emocional que no es fácil de nombrar. Primero la sorpresa, luego la emoción, después el escepticismo, la desilusión, la rabia, otra vez la esperanza y, para muchos, una especie de parálisis o desconexión. No es un camino lineal ni universal, pero ese vaivén también es parte del cuerpo colectivo. Si algo se parece a la disociación es esta distancia entre lo que oímos y lo que vivimos. Entre lo que se nos pide y lo que sentimos. Entre lo que queremos celebrar y lo que realmente ocurre.

Este no es solo un momento político, es un momento afectivo y corporal. Un sacudón que reconfigura incluso lo que sentíamos posible. El llamado no es a tener respuestas inmediatas, sino a reconocer que algo se movió y que eso -aunque incómodo- también puede ser fértil.

A veces, el impulso biológico frente a lo incierto es volver a lo que conocemos, a lo que nos da certeza. Quizá este momento nos invite, más bien, a sostener la incomodidad. A permitir el movimiento, sin apurarlo ni detenerlo. A reconocer que no estamos aún en transición, sino en un momento de ruptura. Y que -como suele pasar en lo vivo- las rupturas abren posibilidades.

Tenemos muchas más preguntas que respuestas, y la firme determinación de no ceder al cinismo ni a la ingenuidad. Nos preguntamos ¿Cómo pensar este momento sin caer en trincheras?, ¿Cómo mirar la complejidad sin perdernos en la confusión?, ¿Cómo seguir creyendo en la conversación cuando el grito ha sustituido al pensamiento?, ¿Cómo fortalecer la mirada interna para no dejarnos arrastrar por la distracción?

Estas preguntas, y muchas más, nos convocan a una conversación que no es de izquierdas ni de derechas, sino de humanidad y pensamiento profundo, de sentir y reconocer, de recordar quiénes éramos, quiénes estamos siendo y quiénes queremos ser.nUna conversación en la que podamos escuchar sin apresurarnos a juzgar, y donde la complejidad no sea una excusa para el silencio, sino una puerta hacia nuevas formas de comprensión. Necesitamos algo más que respuestas rápidas o salvadores carismáticos, requerimos crear espacios seguros para sostener preguntas incómodas. De esas que no encajan en titulares ni en discursos lineales, pero que pueden ayudarnos a ver lo que aún no está en la superficie.

Esta es una invitación a sostener la mirada sin apurar conclusiones, a legitimar la incertidumbre como parte del proceso y a recuperar la serenidad como acto político. A veces, lo más valiente no es hablar más fuerte, sino escuchar más hondo.

Cuando las reglas no alcanzan para explicar el juego

Una de las primeras sensaciones que deja este momento es la de no tener referencias claras. No hay mapa que valga cuando el terreno cambia constantemente. Y, sin embargo, seguimos buscando explicaciones simples donde hay sistemas complejos, no lineales, llenos de retroalimentaciones invisibles. Tenemos una poderosa inclinación a querer comprimir la realidad en líneas rectas: causa y efecto, buenos y malos, razón y consecuencia. Pero la vida social no es un algoritmo.

Lo que vivimos en Venezuela -en lo político, lo emocional y lo institucional- es un sistema en el que la historia juega, las alianzas no son permanentes y lo que hoy parece cierto, mañana puede cambiar. Pensar en lógica binaria nos protege, pero también nos empobrece.

Pretender entender lo que ocurre como si fuera un juego de reglas fijas es olvidar que este país ha cambiado las reglas una y otra vez, a veces sin previo aviso. En un terreno así, cualquier intento de aplicar categorías rígidas -las que aprendimos en partidos políticos, debates académicos o columnas de opinión- conduce a la frustración. Es como querer jugar bridge en plena caimanera venezolana: un conjunto de normas ajenas a la experiencia vivida, que no explican ni sostienen lo que ocurre, porque no consideran el tejido social, las heridas colectivas ni las tensiones invisibles entre estructura y sujeto.

Esto no significa que todo valga. Significa que necesitamos pensar más profundamente antes de emitir juicio. Comprender que el juego no solo ha sido desigual, sino que sus reglas han mutado. Y eso hace que lo legal, lo legítimo y lo posible no siempre coincidan.

En estos días hemos escuchado argumentos desde distintos ángulos. Algunos advierten que ciertas acciones externas recientes desafían el derecho internacional. Otros, que sin una restauración democrática no es posible reconstruir un país con derechos y futuro. Ambas posiciones contienen verdades. Pero entre ellas hay algo aún más importante: preguntas sin respuesta fácil.

¿Qué juego estamos jugando realmente?, ¿Cómo construimos legalidad donde ya no hay instituciones confiables?, ¿Cómo hablamos de democracia en un país donde hace tiempo que no se elige con garantías, donde se persigue la disidencia y se ha vaciado el sentido de lo público?, ¿Cómo sanamos un país que vive la herida de la separación y la pérdida, no sólo de vidas humanas sino de condiciones dignas y libertad?.

Desde hace años, Venezuela dejó de funcionar como una democracia real, aunque se siguieran celebrando elecciones. No se trata solo de votos. No había libertad de prensa, ni garantías para la oposición, ni separación efectiva de poderes. Reconocerlo no es alinearse con una postura ideológica, es decir lo evidente para poder pensar con honestidad.

Eso no justifica cualquier intervención ni borra las preguntas éticas que debemos hacernos. Pero sí cambia el marco desde el cual las preguntas se sostienen: cuando las instituciones han sido vaciadas, el anhelo de justicia a veces desborda los canales tradicionales. Las categorías jurídicas ya no bastan para nombrar lo que duele ni para contener lo que está en juego.

Necesitamos espacios para sentirnos, así como una conversación que no reduzca el conflicto a un dilema entre legalidad e intervención, sino que sostenga la tensión entre lo urgente y lo posible, entre la incredulidad, la rabia, el miedo, la esperanza y la escucha.

Ruido, saturación y escucha profunda

Hay momentos en los que el exceso de opinión no ayuda. Hay tanto dicho, tanto supuesto, tanto diagnóstico instantáneo, que el pensamiento se diluye en el estrés informativo. Pero hay algo que no está siendo escuchado: el cuerpo. Ese cuerpo colectivo que está en shock. Que está dolido, saturado, confundido. Y también ese cuerpo individual que no alcanza a procesar todo lo que ocurre.

La rabia, por ejemplo, es comprensible. Ha sido motor de muchas acciones necesarias. Pero también puede volverse una trampa cuando se transforma, una y otra vez, en reacción. Y la reacción sostenida reduce la capacidad de escuchar, de discernir, de mirar en varias direcciones a la vez.

Hoy necesitamos un equilibrio difícil pero posible: sostener la fuerza que viene del dolor, sin perdernos en la velocidad que impide la reflexión. La serenidad no es pasividad. Es un acto político. Es lo que permite distinguir el pálpito de la paranoia, la intuición profunda del prejuicio automático. Y es desde ahí que podemos volver a nombrar lo importante.

La capacidad de estar sin certezas

Necesitamos preguntas que nos despierten. Preguntas que no se cierren sobre sí mismas, sino que abran posibilidades de sentido, aunque incomoden. ¿Cómo pensar en medio del desconcierto sin caer en el cinismo ni en la ingenuidad?, ¿Cómo legitimar el dolor sin romantizarlo?, ¿Cómo sostener la esperanza sin volverla una consigna vacía?.

Una de las claves puede estar en volver al cuerpo. Reconocer que estamos saliendo colectivamente de un estado de congelamiento. Durante años, muchos sobrevivieron adaptándose, huyendo, silenciando. Lo que ahora sentimos -miedo, cansancio, desconcierto- no es una falla: es la forma en que el cuerpo empieza a procesar lo vivido. Es señal de que estamos despertando.

Cada emoción tiene su mensaje. El miedo, por ejemplo, puede alertarnos de peligros reales, pero también aislarnos. La tristeza puede conectarnos con lo que importa, pero si se estanca, paraliza. La alegría y el entusiasmo pueden abrirnos a la esperanza, pero también alejarnos de quienes aún no pueden celebrar o hacernos perder de vista lo que sigue doliendo. Incluso el asco tiene su función: señalar lo que nos resulta inaceptable. Entender qué emoción estamos habitando y qué nos permite o impide hacer, puede ayudarnos a navegar mejor en este momento.

Quizá, en este punto, el primer gesto político es sostener el movimiento que ya comenzó. No apurar respuestas, no bloquear lo que se está moviendo por dentro y por fuera. Darnos permiso de estar presentes, aunque no sepamos aún hacia dónde vamos. Habitar el no saber sin rendirse. Respirar el desconcierto sin negarlo. Mantener la esperanza en lo que aún no se ve.

La conversación como gesto político

En medio del estruendo, detenernos a conversar es un acto profundamente subversivo. No para tener la razón, ni para ganar un argumento, sino para permitir que algo nuevo emerja. En tiempos de crisis, las conversaciones no son accesorias: son el tejido donde se reconstruye el sentido, la confianza y la posibilidad de lo colectivo.

Conversar, en este contexto, es mucho más que intercambiar opiniones. Es sostener una presencia. Es decidir aparecer, con nuestras preguntas y contradicciones, aun cuando no haya garantías. Es abrir un espacio donde podamos decir lo que incomoda, escuchar lo que no queremos oír, reunirnos incluso con quienes no elegiríamos.

Pero no toda conversación sirve. Necesitamos conversaciones que cuestionen y remuevan sin destruir. Que nos expongan a ideas distintas sin que eso implique renunciar a lo que somos. Porque si solo hablamos entre quienes piensan como nosotros, seguiremos girando en el mismo bucle agotado. El problema no es la conversación: el problema es que solo podamos hablar desde el miedo, el escepticismo o la trinchera.

El reto no es solo técnico ni discursivo. Es emocional. Y también corporal. Por eso, la escucha se vuelve una práctica clave. Escuchar lo propio y lo ajeno. Escuchar incluso el silencio. Escuchar el cuerpo. En ese proceso, se abre una distinción fundamental: la que existe entre intuición y prejuicio. La intuición nace del contacto honesto con la experiencia, de una percepción afinada por la coherencia interna. El prejuicio, en cambio, reacciona desde el miedo o desde la repetición. Escuchar la intuición requiere pausa, humildad y discernimiento.

El lenguaje no es inocente. Es a través de él que creamos mundos posibles. Regenerar la palabra y el sentir es también regenerar lo político. No como una maquinaria electoral, sino como un espacio donde las personas aparecen con su voz, su historia y su dignidad.

Conversar en serio implica también exponernos al desacuerdo. Y no solo tolerarlo, sino sostenerlo como parte del proceso vivo de lo social. No hay posibilidad de transformación si seguimos encerrados en burbujas. El diálogo verdadero no ocurre en la comodidad, sino en el umbral donde las diferencias pueden rozarse sin destruirse.

Quizá se trate, justamente, de recuperar la conversación como un lugar de aparición colectiva, donde no buscamos conclusiones perfectas, sino maneras honestas de pensar en voz alta, juntos. La conversación no es el premio de consuelo cuando se acaba la política. Es, posiblemente, el único terreno donde nos podemos volver a encontrar.

Sostener el caos sin rendirse al cinismo

Hay momentos en que la historia no se siente como relato, sino como peso. Pero incluso allí, la acción sigue siendo posible. No como plan perfecto, sino como decisión de no ceder al silencio, al cinismo ni a la parálisis.

Lo que estamos viviendo es también un movimiento. Y ese movimiento tiene cuerpo, emociones y contradicciones. No necesita que lo dirijamos, pero sí que lo escuchemos. Quizás lo más importante ahora no sea definirlo, sino habitarlo con honestidad.

En tiempos saturados de exigencia constante a ser productivos, motivados, resilientes, la demanda de positividad se agota. La esperanza que nos importa no es ingenua ni voluntarista. La esperanza radical no niega la dificultad. No es evasión, es persistencia lúcida. Una postura ética que resiste la tentación de simplificar, de callar, de excluir.

A eso se refería Antonio Gramsci cuando decía “pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”. Ver con claridad. Nombrar la dureza del presente sin adornos. Y, al mismo tiempo, seguir buscando espacios de vínculo, de sentido. Porque rendirse al silencio es entregarle el alma al poder que desea que dejemos de hablar.

La esperanza radical no depende de probabilidades ni pronósticos, sino de una postura ética. La de no apagar la voz.

Hoy más que nunca, necesitamos crear condiciones donde pensar distinto no sea una amenaza, donde el desacuerdo no implique exclusión, donde podamos celebrar -sin culpa- los gestos de dignidad, aunque todavía no sepamos cómo terminará esta historia.

Hoy, más que nunca, necesitamos recuperar lugares donde pensar distinto no sea una amenaza, donde el desacuerdo no implique ruptura y donde la palabra recupere su capacidad de vínculo y sentido. Lugares donde no sea necesario coincidir del todo para poder escucharnos, ni tener certezas para atrevernos a aparecer.

Porque si hay algo que este tiempo nos exige es, precisamente, seguir apareciendo, incluso entre la incertidumbre. No porque tengamos garantías, sino porque elegimos no desaparecer.

Quizás se trate de eso: de no dejar que la historia nos sea arrancada de las manos. De volver a habitar el cuerpo, y la palabra. De permanecer centrados para entender qué nos está pidiendo la vida en este momento como Venezolanos dentro y fuera.

Algo se está moviendo. Y vale la pena dejar que el alma lo intente.

"El viejo mundo se muere, el nuevo tarda en aparecer, y en ese claroscuro surgen los monstruos" Antonio Gramsci,

Arianna Martínez Fico y Mónica Dohnert

Enero 2026

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Arianna Martínez Fico
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