Metamorfosis
Hace unos días que estoy de mal humor. No me ha ocurrido nada extraordinario. No estoy atravesando una crisis evidente. Tampoco podría decir que estoy triste. Sin embargo, siento que algo se está moviendo dentro de mí.
Escribo estas líneas no desde una idea concreta que quiera desarrollar, sino desde un estado del alma que todavía no sé bien cómo nombrar.
Me siento terremoteada por dentro.
Hay momentos en los que el cuerpo parece saber algo antes que la cabeza. Empieza a pedir silencios que no tenía previsto, cierres que no estaban en la agenda, espacios que antes me llenaban y que, de pronto, dejan de tener sentido. No ha habido una gran decisión ni un acontecimiento que pueda señalar como causa. Más bien, la sensación de que algo se está moviendo, aunque todavía no sé hacia dónde.
Me siento como si estuviera dentro de una
.
La crisálida, vista desde dentro, no debe ser un lugar particularmente cómodo. Hay algo de lo que eras que comienza a deshacerse, mientras aquello en lo que podrías convertirte todavía no tiene forma. No hay certezas, tampoco instrucciones. Ni siquiera sé con absoluta seguridad si voy a salir. En el fondo confío en que sí, pero no tengo idea cómo saldré ni qué habrá emergido cuando lo haga.
Lo más difícil está siendo resistir la tentación de ponerle ya un nombre a lo que todavía se está gestando. Pero, llevo días intentándolo.
Me pregunto si estoy atravesando una reconstrucción. Si necesito renovarme. Si estoy en medio de otra reinvención. Si algo en mí necesita renacer. O si, quizá, ninguna de esas palabras alcanza y mi tarea consiste simplemente en permanecer aquí, con la incomodidad suficiente, para permitir que emerja algo que aún no conozco.
No sé la respuesta. Quizá por eso estoy escribiendo, no para contar una transformación después de haberla atravesado, con la tranquilidad de quien ya conoce el desenlace, sino para escribir desde dentro de la crisálida.
Mientras trato de encontrar palabras para nombrar lo que me pasa, me doy cuenta que la elección del verbo no es menor.
El verbo no es inocente
Quizá por deformación profesional, cuando algo me inquieta le pongo mucha atención al lenguaje. Mientras intento tener claridad, me descubro cambiando de verbo una y otra vez.
¿Me estoy reconstruyendo? ¿Necesito renovarme? ¿Estoy reinventándome? ¿Hay algo en mí que necesita renacer?
Parecen palabras cercanas. Las usamos casi indistintamente cuando hablamos de cambio, no obstante, cada una contiene una comprensión diferente de aquello que estamos viviendo. El lenguaje no es inocente. Las palabras no solo describen una realidad, también delimitan lo que podemos imaginar y las posibilidades que somos capaces de abrir frente a ella.
Reconstruir supone que algo se rompió, se dañó o dejó de sostenernos y necesita volver a levantarse. Hay algo anterior que todavía reconocemos como valioso y que queremos recuperar, aunque probablemente no pueda quedar exactamente como estaba.
Renovar tiene otro ritmo. No parte necesariamente de una ruptura, sino del reconocimiento de que algo que todavía tiene valor y necesita nueva vida. Renovamos cuando queremos conservar una esencia, pero sabemos que las formas que la sostenían ya no nos sirven.
Reinventar es más radical. Implica atrevernos a cuestionar incluso aquello que dábamos por sentado. No se trata de reparar lo anterior ni de devolverle vitalidad, sino de imaginar una forma diferente de ser, de hacer o de relacionarnos con el mundo.
También está renacer. Una palabra que me resulta sugerente y seductora porque introduce algo que las anteriores no contienen: para que algo nazca, parte de lo anterior tiene que haber terminado. Renacer supone discontinuidad, pero también conserva una historia. Quien renace no comienza desde cero, lleva consigo las marcas, los aprendizajes y las heridas de lo vivido.
Se me aparece otra posibilidad que me inquieta aún más: emerger.
Emerger forma parte de una lógica distinta. Reconstruimos, renovamos, reinventamos. Incluso podemos decidir comenzar de nuevo. Pero lo que emerge no responde enteramente a nuestra voluntad. Podemos preparar el terreno, hacer espacio, crear condiciones. No podemos controlar del todo aquello que aparecerá.
Por eso me resulta tan difícil elegir el verbo para nombrar lo que estoy viviendo. Yo tengo años peleándome con mi ser controladora, así que esto de emerger me resulta particularmente incómodo
Estamos tan acostumbrados a hablar de transformación como si todo cambio profundo necesitara una dirección precisa y una estrategia, que nos cuesta aceptar que algunas veces todavía no sabemos qué necesita ser reconstruido, qué merece renovarse, qué tendremos que reinventar, qué deberá renacer y qué, simplemente, tendremos que permitir que emerja.
No toda transformación pide una reconstrucción. Quizá uno de nuestros errores frente al cambio sea apresurarnos a elegir el verbo antes de haber comprendido qué transformación estamos realmente llamados a vivir.
Ninguna transformación termina donde empieza
Mientras pienso en estos verbos, descubro que ninguna transformación ocurre solamente dentro de nosotros.
La sentimos primero en el cuerpo, en el ánimo, en esa sensación de que algo ya no encaja como antes. Pero tarde o temprano lo que se mueve dentro empieza a modificar nuestra manera de estar con otros, las conversaciones que sostenemos, las decisiones que tomamos y los sistemas de los que formamos parte.
Me resulta útil pensar la transformación en distintas escalas: personal, interpersonal y sistémica. No como etapas sucesivas ni en niveles de importancia, sino como dimensiones que se contienen y se afectan mutuamente.
Hay una transformación personal, que nos obliga a mirarnos y preguntarnos quiénes estamos siendo y quiénes necesitamos llegar a ser.
Hay una transformación interpersonal, porque cada movimiento nuestro altera la forma en que nos encontramos con los demás: cómo conversamos, cómo escuchamos, cómo ejercemos poder, cómo construimos confianza, cómo colaboramos y también cómo gestionamos nuestras diferencias.
Y hay una transformación sistémica, porque ni las personas ni las relaciones existen en el vacío. Habitamos familias, organizaciones, comunidades, países; sistemas con historias, reglas, instituciones, hábitos y culturas que condicionan lo que hacemos y que, al mismo tiempo, pueden ser transformados por nuestras acciones.
Ninguna de estas dimensiones funciona por separado. No basta con transformar individuos esperando que, por acumulación, cambie mágicamente el sistema. Pero tampoco podemos aspirar a transformar sistemas sin preguntarnos por las personas que tendremos que ser para poder habitarlos de una manera diferente.
Esta reflexión me lleva, inevitablemente, a Venezuela. Hace años que no vivo allá y no pretendo dar cátedra sobre lo que necesita un país tan complejo, herido y distinto al que dejé. Pero hay una pregunta que me hago permanentemente:
¿Quién es la venezolana, la ciudadana, que necesito ser para acompañar la Venezuela que deseo que emerja?
Me lo pregunto viviendo fuera sintiéndome extranjera en todas partes y también en mi propia patria. Me lo pregunto cuando entro a una organización en otro país a facilitar una conversación, cuando doy una conferencia, cuando escribo, cuando alguien escucha mi acento y sabe de dónde vengo. Muchas veces he sentido que, de alguna manera, no entro sola: conmigo entra también Venezuela. Y eso despierta en mí una particular responsabilidad por la manera en que quiero estar en el mundo.
Ésta no es solo una pregunta venezolana. También podríamos hacérnosla frente a nuestras organizaciones ¿Quiénes necesitamos ser para habitar la organización que decimos querer construir? Frente a nuestros equipos, nuestras familias y nuestras sociedades.
Una de las grandes trampas de la transformación es creer que el cambio siempre tiene que ocurrir en otra parte: en el sistema, en la organización, en el país, en los otros.
La trampa contraria es igualmente peligrosa: creer que todo se resuelve transformándonos individualmente, como si las estructuras, las culturas y las relaciones no importaran.
La transformación profunda exige ambos movimientos: mirarnos por dentro y, al mismo tiempo, levantar la mirada hacia el sistema que habitamos.
Ninguna transformación termina donde empieza. Lo que cambia en nosotros modifica nuestra manera de estar en el mundo. Y el mundo que habitamos también participa, inevitablemente, en aquello en lo que nos vamos convirtiendo.
La tentación de volver a lo conocido
Cuando pensamos en transformaciones profundas, una de las primeras palabras que suele aparecer es reconstrucción.
Tiene sentido. Cuando algo se rompe, queremos repararlo. Si cae o se destruye, queremos volver a levantarlo. Después de un terremoto, reconstruimos casas, calles, puentes. Hay cosas que necesitan ser restituidas porque sostienen la vida y porque perderlas ha significado dolor, precariedad o ruptura.
Pero reconstruir contiene también una tentación, la de volver a construir lo que había antes.
Y no siempre lo anterior es el lugar al que necesitamos regresar.
Pienso nuevamente en Venezuela. Desde la distancia, y con toda la prudencia que me exige llevar tantos años fuera, me descubro preguntándome qué significará algún día reconstruir mi país. Por supuesto que habrá muchísimo que reconstruir: instituciones, servicios, infraestructura, confianza, convivencia. Sería absurdo negarlo.
Pero hay algo en mí que se resiste a imaginar la reconstrucción como un regreso. No sueño con recuperar la Venezuela que fue. La amo, forma parte de mi identidad y llevo conmigo muchísimo de lo que me dio. Pero quizá una transformación de esa magnitud necesite algo más que reparar lo perdido. Quizá necesite renovar aquello que todavía merece permanecer, reinventar lo que ya no puede responder a una realidad distinta y dejar morir algunas formas de ser país que no deberíamos empeñarnos en conservar.
Tal vez necesitemos hacer espacio para una Venezuela implicada que todavía no conocemos. Una que emerja.
La misma pregunta sirve para nuestras vidas. Cuando algo se terremotea por dentro, el impulso inicial suele ser recuperar el equilibrio, volver a sentirnos como antes, reconstruir rápidamente aquello que se movió, pero ¿y si precisamente la transformación consiste en no volver al mismo lugar?
También pasa en las organizaciones. Después de una crisis, una fusión, un cambio de liderazgo, una disrupción tecnológica o una pérdida importante, la urgencia suele ser recuperar la normalidad, volver a funcionar, restablecer el orden. Reconstruir.
Pero volver a funcionar no necesariamente significa haberse transformado.
Hay momentos en los que reconstruir es indispensable. Otros exigen renovar. Algunos requieren la valentía de reinventar. Y quizá existen también momentos en los que algo necesita terminar para que otra cosa pueda renacer.
El desafío está en discernir qué merece permanecer, qué necesita ser reparado, qué estamos llamados a soltar y qué todavía no podemos siquiera imaginar.
Empiezo a desconfiar de mi obsesión por tener rápidamente una visión clara del futuro. No siempre la transformación consiste en saber hacia dónde vamos y trazar un camino para llegar allí. A veces tiene que ver con crear las condiciones para que pueda aparecer algo que todavía no existe.
Para eso hay que soportar una incomodidad que nuestra época actual aun tolera bastante mal: no saber.
Antes de emerger
Vivimos en una época que tiene poca paciencia para las crisálidas. Nos hemos acostumbrado a convertir casi cualquier proceso humano en un plan de acción. Cinco pasos para reinventarnos. Siete claves para atravesar una crisis. Diez hábitos para convertirnos en nuestra mejor versión. Incluso la transformación parece tener que ser eficiente, medible y, si es posible, rápida.
Nos cuesta permanecer en los lugares donde todavía no hay respuestas.
No saber es incómodo. Nos hace sentir vulnerables, improductivos, fuera de control. Frente a esa incomodidad, hacemos lo que hemos aprendido a hacer: buscar una explicación, tomar decisiones, planificar. Elegimos rápidamente un verbo y nos ponemos en marcha.
Pero ¿y si algunas transformaciones necesitaran justamente lo contrario? ¿Y si hubiera momentos en que nuestra tarea no fuera todavía reconstruir, renovar, reinventar ni siquiera renacer, sino permanecer el tiempo suficiente en la incertidumbre para escuchar qué está queriendo emerger?
Vuelvo a mi crisálida.
Sigo sin saber exactamente qué me pasa. No tengo una revelación con la cual cerrar estas líneas ni puedo contar, desde la comodidad del otro lado, en qué terminó este pequeño terremoto interior. Y quizá desde aquí sea, precisamente, desde donde necesito escribir, desde un proceso abierto, todavía incómodo, sin moraleja ni desenlace.
Experimentar una transformación también exige la valentía de no apresurarnos a convertir la incertidumbre en certeza. Crear espacio, escuchar, soltar algunas cosas antes de saber exactamente qué ocupará su lugar. Reconocer qué merece ser conservado y qué quizá ya cumplió su ciclo. Hacer preguntas para las que todavía no tengo respuesta.
Tal vez de eso se trate, de aprender a habitar ese espacio extraño entre lo que ya no somos y lo que todavía no sabemos que seremos. De no apresurarnos a reconstruir lo conocido, ni exigirnos una nueva versión antes de tiempo. De hacer espacio, confiar en la crisálida y permitir que la transformación haga también su trabajo, aunque todavía no podamos comprenderlo.
Metamorfosis es eso, una transformación profunda en la que una forma de vida da paso a otra. Mientras escribo estas últimas líneas, me doy cuenta que quizá esa sea la palabra que estaba buscando desde el principio. No sé todavía qué está cambiando, ni qué forma tendrá lo que emerja. Por primera vez en estos días, tampoco necesito saberlo.
Estoy en metamorfosis
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