Cuando estoy con mi mamá, siento que no he aprendido nada

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Puedo hablar durante horas sobre gestión emocional, consciencia, escucha, empatía, liderazgo y desarrollo personal. He dedicado buena parte de mi vida a aprender sobre estos temas, practicarlos, enseñarlos y acompañar a otros en sus propios procesos de transformación.

Entonces, paso unos días con mi mamá… y gran parte de mi sabiduría parece evaporarse.

Me descubro reaccionando ante cosas pequeñas. Me impaciento. Quiero tener la razón. Una frase aparentemente inocente me irrita más de lo razonable. Escucho detrás de sus palabras significados sutiles que quizá ni siquiera están. A veces termino respondiendo desde un lugar que conozco muy bien y que, francamente, me gusta poco.

¿Cómo es posible que después de tantos años de trabajo personal todavía me pase esto?

Es casi algo cómico. Podemos meditar, estudiar, hacer terapia, formarnos como coaches, acompañar líderes, escribir sobre consciencia y aprender sofisticadas distinciones sobre el comportamiento humano, pero… basta una frase de mamá pronunciada con la entonación precisa para que emerja una versión de nosotros que creíamos superada.

Durante mucho tiempo interpreté estos momentos como evidencia de todo lo que todavía me faltaba aprender. Últimamente empiezo a mirarlos de otra manera.

Hay relaciones que conocen nuestros caminos más antiguos

Con la familia aprendimos a relacionarnos mucho antes de saber que estábamos aprendiendo. Allí ensayamos nuestras primeras maneras de demandar amor, defendernos, pertenecer, rebelarnos, complacer, competir, callar, reclamar, alejarnos o buscar reconocimiento.

Esas relaciones tienen memoria. Cuando regreso a determinados vínculos, mi cuerpo parece recordar caminos que mi cabeza creía haber dejado atrás.  

Antes que aparezca la mujer adulta, profesional, coach, hermana, tía, amiga, líder o meditadora, aparece la hija.

La que alguna vez quiso ser vista de determinada manera.

La que necesitó aprobación.

La que creció sintiéndose culpable.

La que se sintió comparada y cuestionada.

La que aprendió exactamente dónde y cómo defenderse.

La que sabe, además, qué botones emocionales activar en su mamá, porque su mamá también sabe perfectamente dónde están los suyos.

Nos amamos muchísimo y, precisamente por la profundidad del vínculo, tenemos acceso a lugares emocionales a los que pocas personas llegan.

La familia es, quizás, uno de nuestros grandes espacios de aprendizaje.

La consciencia se pone a prueba en la relación

Es relativamente sencillo sentirme ecuánime cuando nadie está hurgando en mis heridas. La serenidad adquiere otra dimensión si algo me irrita.

Con mami, escucho de verdad cuando, aun convencida de que sé lo que va a decir, consigo suspender mi juicio y abrirme a escucharla. La empatía aparece cuando puedo mirar más allá de mi propia interpretación y hacer espacio, también, para su experiencia.

Amar también implica aprender a estar en la incomodidad.

He descubierto que mi desarrollo personal se juega mucho más en cómo vivo que en todo lo que soy capaz de comprender. A veces lo logro. Otras, cuando me doy cuenta, ya reaccioné. Y eso también forma parte del camino.

Entre la reacción y la elección

Durante años tuve la fantasía de que llegaría un momento en el que ciertas cosas dejarían de afectarme. Una especie de graduación emocional.

Hoy esa idea me parece una quimera tan ingenua como pretenciosa. Incluso me genera ternura.

Mis botones siguen ahí. Algunos han perdido sensibilidad, otros continúan funcionando maravillosamente bien. La diferencia está en que cada vez los reconozco antes.

Puedo sentir la irritación apareciendo en el cuerpo, escuchar esa conversación interna que empieza a fabricar argumentos o descubrir a la niña defendiendo algo que la mujer adulta ya podría soltar.

Algunas veces -cada vez más o eso quiero creer- puedo elegir.

Para mí, allí vive una forma mucho más humilde de consciencia. En el pequeño espacio entre lo que ocurre y lo que hago con eso.

Mi mamá también es mucho más que "mi mamá"

Hay otra cosa que me ha resultado muy reveladora y es intentar mirar a mi mamá fuera del personaje que ocupa en mi historia.

Antes de ser mi madre, es una mujer. Con su propia infancia, sus pérdidas, temores, sueños, mandatos, heridas, fortalezas y sus maneras de haber aprendido a sobrevivir y amar.

Al mismo tiempo, esa mujer es mi madre. Una de mis primeras relaciones y uno de los primeros lugares donde aprendí quién era yo en relación con otro.

Cuando consigo verla así, la historia cambia y deja de tener una sola protagonista.

Mucho antes de tener pareja, ahijados, amigas, jefes, colaboradores o colegas, la relación con mi madre ya estaba dejando huellas en mi identidad. Algunas evidentes y otras tan incorporadas que durante años ni siquiera pude reconocerlas como heredadas.

Hace poco, hablando con mi amiga del alma Dora, escuché una palabra que yo no conocía y me quedó dando vueltas: introyectos. Esas cosas de otros que vamos incorporando hasta hacerlas nuestras.

Hay gestos, creencias, maneras de mirar el mundo y hasta frases de mi mamá contra las que me rebelé durante años y que, para mi sorpresa, un día descubro en mí. A veces me escucho y pienso «Dios mío, me estoy convirtiendo en ella». Y me río. Bueno, no siempre.

Es desconcertante descubrir cuánto de quienes somos se ha ido tejiendo también con hilos de quienes nos precedieron. Algunas cosas las elegimos conscientemente. Otras parecen haberse instalado silenciosamente mientras crecíamos. Hay herencias que agradezco profundamente, otras que he ido transformando y algunas que apenas comienzo a reconocer.

Quizás por eso mirar a nuestra madre como una mujer completa puede ser tan movilizador. Permite verla más allá de lo que hizo o dejó de hacer conmigo. Imaginar a la niña que fue, las circunstancias que la formaron, lo que recibió de su propia madre y aquello que también ella, consciente o inconscientemente, fue transmitiendo.  De pronto la historia se hace más grande. Ya no empieza solo conmigo.

La mirada sistémica me resulta especialmente poderosa. Puedo observar nuestra relación como parte de una trama que viene de antes, en la que conviven historias, aprendizajes, lealtades, maneras de amar y formas de estar en el mundo que atraviesan generaciones. Eso tampoco significa estar condenada a repetir lo recibido. La herencia y la elección pueden convivir.

Ahora soy capaz de reconocer a mi mamá en mí sin desaparecer dentro de ella. Puedo agradecer algunas de sus huellas, transformar otras y decidir qué quiero llevar conmigo hacia adelante y qué no.

Desde ahí, empiezo a entender nuestra relación de una manera menos interesada en determinar quién tiene razón. Una relación es un sistema vivo. Empiezo a observar qué movimiento mío provoca uno suyo y cuál de sus movimientos activa inmediatamente uno mío. Cada respuesta puede reforzar el paso conocido o introducir algo nuevo en la danza relacional que hemos construido.

Me aparece una pregunta incómoda y poderosa:

¿Qué estoy poniendo yo en esta danza?

Mi práctica empieza cuando dejo de querer cambiarla

Durante mucho tiempo una parte de mi energía estuvo puesta en que mi mamá fuera diferente. Que entendiera algunas cosas, reaccionara de otra manera, dejara de decir aquello que me irritaba. En el fondo, aunque seguramente nunca lo hubiera formulado así, había una expectativa: si ella cambiaba, yo podría estar mejor.

Qué agotador. Algo empezó a transformarse cuando dejé de poner el foco en cambiarla y comencé a observarme a mí dentro de la relación.

Cuando siento que “mi mamá me saca lo peor”, intento hacerme otras preguntas.

¿Qué parte de mí está apareciendo aquí? ¿Qué estoy defendiendo? ¿Qué necesito que ella entienda, reconozca o haga diferente para que yo pueda estar bien? ¿Qué edad siento que tengo en este momento? ¿Qué ocurriría si dejara de prepararme para replicar y simplemente escuchara?

Las respuestas no siempre me gustan. A veces encuentro orgullo, impaciencia, necesidad de reconocimiento, viejos reclamos, ganas de tener razón y más.

Encuentro, además, muchísimo amor.

También llevamos nuestra historia al trabajo

Este artículo parece una historia íntima entre una madre y una hija. Hasta que miro las organizaciones. He pasado buena parte de mi vida acompañando personas, líderes y equipos y cada vez me resulta más difícil separar quiénes somos profesionalmente de quiénes hemos aprendido a ser en relación con otros.

Llegamos al trabajo con conocimientos, experiencia, talento y aspiraciones. También llegamos con una historia. Con nuestra particular relación con la autoridad, con la manera en que buscamos reconocimiento, con lo que hacemos cuando sentimos que no somos suficientemente valorados, con nuestra facilidad o dificultad para disentir, con nuestras formas de responder al conflicto, competir, colaborar, pedir ayuda, confiar, poner límites o pertenecer.

El laboratorio familiar reaparece, elegantemente vestido de organización. Un feedback puede activar mucho más que una conversación sobre desempeño. Un jefe puede despertar una reacción desproporcionada frente a la autoridad. El reconocimiento de un compañero puede tocar una vieja experiencia de comparación. Un desacuerdo puede activar el temor a dejar de pertenecer.

Sería simplista atribuir cada una de estas conductas a nuestra familia. Somos mucho más que nuestra historia temprana y seguimos aprendiendo y transformándonos durante toda la vida, pero tampoco llegamos vírgenes a cada nuevo sistema.

Como la tortuga lleva consigo su caparazón, no como una carga externa sino como parte de sí misma, nosotros llevamos a nuestra cotidianidad -muchas veces sin tener consciencia de ello- formas aprendidas de interpretar y relacionarnos con el mundo. Esto, para mí, tiene profundas implicaciones para el liderazgo.

Liderar es también relacionarnos. Podemos aprender modelos, herramientas y técnicas refinadas; bajo presión, sin embargo, suelen asomarse maneras mucho más antiguas de responder.

Por ello el autoconocimiento es una capacidad tan importante del liderazgo. Conocer mi historia no para quedar atrapada, sino para ampliar mi libertad frente a ella. Reconocer qué se activa en mí antes de convertirlo automáticamente en una acción sobre otros.

Preguntarme cuánto de mi reacción pertenece realmente a esta conversación y cuánto estoy trayendo de otras conversaciones, otros vínculos, otros tiempos. Especialmente, asumir algo que para mí es esencial en cualquier sistema humano: yo también estoy creando aquello de lo que formo parte.

El dojo de la vida real

En algunas artes marciales japonesas, el dojo es el lugar donde se practica el camino.

Últimamente pienso que ciertas relaciones son nuestros grandes dojos emocionales. Podemos estudiar, comprender, hacer terapia, meditar y acumular teorías maravillosas sobre nosotros mismos. Después llega la vida y nos invita a practicar.

Mi mamá es, en ese sentido, una de mis grandes maestras. Probablemente ella no pidió ese cargo. Y yo tampoco siempre agradezco la clase mientras está ocurriendo.

Pasar unos días con ella sigue siendo una experiencia reveladora. Allí encuentro a la mujer que soy y también a algunas de las que fui. Descubro cuánto he cambiado, qué sigue teniendo el poder de descolocarme y dónde todavía tengo espacio para elegir diferente.

Cada vez estoy más convencida de que crecer tiene que ver con regresar, una y otra vez, a nosotros mismos. Reconocer cuándo hemos perdido nuestra presencia, mirarnos con curiosidad y compasión, y elegir nuevamente quiénes queremos ser. Especialmente con las personas que más amamos.

Al final, cuando estoy con mi mamá no descubro que no he aprendido nada. Descubro dónde lo aprendido todavía necesita hacerse vida.

Consultoría de cabecera

Un abordaje integral y a medida para la transformación organizacional

 
Arianna Martínez Fico
Especialista en gestión del cambio y transformación cultural organizacional
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