Esperanza radical: imaginar futuros cuando nada los garantiza

Lo que está por venir vendrá solo cuando decidamos lo que somos capaces de querer. ‍ Martín Buber

 

Hay palabras que utilizamos con tanta frecuencia que corremos el riesgo de vaciarlas de sentido. Esperanza es una de ellas. La invocamos en discursos, la repetimos en tiempos difíciles, la deseamos cuando la incertidumbre aprieta. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos de qué hablamos realmente cuando hablamos de esperanza.

Hace unos días tuve la oportunidad de escuchar en Madrid al filósofo Francesc Torralba en una conferencia sobre la esperanza en tiempos inciertos. Me conmovió, sobre todo, la manera en que se acercaba a una palabra tan usada sin reducirla a consigna, autoayuda o pensamiento positivo. Mientras lo escuchaba, pensaba que ese es, quizás, uno de los regalos de la filosofía: devolver la hondura de las palabras que usamos todos los días y creemos comprender.

Y la verdad es que la esperanza necesita ser pensada con más cuidado, especialmente en una época como la nuestra. Vivimos rodeados de incertidumbre: guerras, polarización, aceleración tecnológica, crisis democráticas, deterioro ambiental, fragilidad institucional. También, en lo personal y organizacional, atravesamos pérdidas, reinvenciones, duelos, cambios de rumbo y preguntas para las que no siempre tenemos respuesta. En medio de todo eso, la esperanza aparece con frecuencia como una palabra amable, casi decorativa. Pero estoy convencida que es mucho más que eso.

Tal vez el primer paso para comprenderla sea aclarar lo que no es. La esperanza no es ingenuidad. No es una forma pueril de mirar el mundo ni una negación de la dificultad. Tampoco es consuelo fácil u optimismo automático, esa convicción apresurada de que todo saldrá bien. Y desde luego no es espera pasiva. La espera se sienta. La esperanza, en cambio, se mueve. No se apoya en garantías ni evidencias concluyentes. Se atreve a actuar, a sostener un horizonte y a comprometerse con él incluso cuando todavía no existen pruebas suficientes de que llegará a realizarse.

Quizás por eso me atrae tanto la idea de la esperanza radical como una capacidad profundamente humana de imaginar y cultivar futuros posibles cuando nada los garantiza.

Cuando los mapas dejan de servir

La idea de una esperanza que convive con la incertidumbre me llevó hace un tiempo al libro Radical Hope, del filósofo y psicoanalista Jonathan Lear. En él narra la historia de Plenty Coups, jefe de la nación Crow, y la forma en que su pueblo enfrentó el colapso de un mundo entero. Con la desaparición de los bisontes y el avance devastador de la colonización, los Crow no estaban perdiendo solamente una fuente de alimento o una forma de subsistencia. Estaban perdiendo el tejido mismo de su cultura: sus prácticas, sus referencias, sus modos de vida, su manera de comprender el mundo y de proyectarse hacia el futuro.

Lo que Lear llama esperanza radical aparece precisamente allí, cuando el mundo conocido deja de ofrecer certezas y los viejos mapas ya no sirven para orientarse. No se trata de confiar ingenuamente en que todo saldrá bien, sino de sostener una orientación hacia el futuro incluso cuando todavía no somos capaces de nombrarlo con claridad. Cuando las categorías que nos organizaban se desmoronan, la esperanza radical consiste en seguir creyendo que la vida puede abrir caminos que todavía no alcanzamos a imaginar.

Esta no es solo una historia del pasado. Esa conversación también nos pertenece. Hoy también muchos de nuestros mapas se han quedado cortos. Las organizaciones intentan responder a desafíos inéditos con modelos pensados para otros contextos. Las democracias se resienten, la conversación pública se polariza, la tecnología transforma a una velocidad vertiginosa la manera en que trabajamos, aprendemos y nos relacionamos. En la vida personal ocurre algo parecido: a veces atravesamos pérdidas, duelos o procesos de transformación que nos dejan sin lenguaje, sin referencias y sin un guion claro sobre cómo seguir.

En esos momentos, la esperanza -más que una emoción reconfortante- empieza a mostrar su verdadero espesor. Pasa de la expectativa de que las cosas mejoren a la decisión de permanecer en movimiento, seguir buscando sentido y sostener un horizonte incluso cuando todavía no sabemos con qué palabras nombrarlo. Quizás ahí comienza otra de sus dimensiones más fecundas: la capacidad de orientarnos no solo por lo que ya es, sino también por aquello que todavía no existe, pero empieza a insinuarse como posibilidad.

El todavía-no

Ernst Bloch, uno de los grandes filósofos de la esperanza, propone una idea que me resulta especialmente sugerente: la del todavía-no. La esperanza, para él, no se limita a esperar que las cosas salgan bien. Tiene que ver con nuestra capacidad de orientarnos hacia aquello que aún no existe, pero podría llegar a existir. Hacia lo que todavía no ha tomado forma, pero ya asoma en deseos, visiones, intuiciones, proyectos y actos de creación. Esa idea me gusta porque nos recuerda que la realidad no está terminada, que el presente no agota todas las posibilidades y que el futuro no tiene por qué reducirse a una prolongación lineal de lo que hoy vemos.

La esperanza radical no mira solo lo que es, sino también lo que todavía no es. No se aferra a una fantasía ni se refugia en un optimismo ingenuo. Se atreve a tomar en serio aquello que aún no existe del todo, pero ya reclama espacio en nuestra imaginación, en nuestras conversaciones y en nuestras decisiones. En ese sentido, la esperanza tiene mucho de acto creador: reconoce la incompletitud del mundo y se compromete con la posibilidad de transformarlo.

Mientras leía a Bloch, volví a pensar en Luis Alberto Machado. Él soñó con algo que, en su momento, sonaba improbable e incluso extravagante: que la inteligencia podía desarrollarse, enseñarse y democratizarse; que todos los niños, desde muy temprano, podían aprender a pensar mejor; que el desarrollo de la inteligencia debía convertirse en una prioridad política y educativa. Fue una apuesta enorme, sostenida en medio de burlas, resistencias y escepticismo. Y, sin embargo, siguió adelante. En alguna oportunidad le escuché decir que quizá todo aquello no fuera más que un sueño, “un sueño muy hermoso”, pero había que seguir soñando. No porque la realidad ya le hubiera dado la razón, sino porque estaba profundamente convencido que esa posibilidad merecía ser cultivada.

Hay una forma de esperanza que se parece mucho a eso. Nace de la capacidad de reconocer en medio de lo que existe, sin ingenuidad ni evidencia, aquello que todavía no ha llegado a ser y, aun así, merece nuestro compromiso. Bloch lo piensa como una apertura hacia el futuro. Machado lo vivió como una convicción obstinada en la capacidad humana de aprender, desarrollarse y transformar el destino. Ambos, cada uno a su manera, parecen recordarnos que el futuro no está escrito de una vez y para siempre. Que lo que hoy parece improbable puede convertirse mañana en una realidad si hay imaginación, trabajo, comunidad y perseverancia para sostenerlo.

La esperanza necesita comunidad

La esperanza rara vez es un asunto puramente individual. Solemos hablar de ella como si fuera una disposición íntima, un estado interior que cada quien cultiva en soledad. Sin embargo, las esperanzas más hondas de la vida -esas que de verdad nos transforman, nos sostienen y nos empujan a actuar- casi siempre están entrelazadas con otros.

Torralba insiste en esa dimensión comunitaria de la esperanza. No solo porque los grandes proyectos humanos requieren de otros para realizarse, sino porque incluso la capacidad de sostenerlos se fortalece en el vínculo. Los sueños verdaderamente importantes no suelen hacerse realidad a golpe de voluntad individual. Necesitan conversación, complicidad, paciencia, testigos, aliados. Necesitan a alguien que, aun en medio del cansancio o la oscuridad, nos ayude a recordar por qué vale la pena seguir. Pocas cosas importantes se sostienen en soledad: criar un hijo, levantar una empresa en medio de una crisis, reconstruir un país, sostener una causa justa a lo largo del tiempo.

Esta idea me toca especialmente en tiempos tan marcados por el individualismo y la inmediatez. Nos hemos acostumbrado a desear soluciones rápidas, resultados visibles, gratificación instantánea. Pero los fines valiosos casi nunca obedecen a esa lógica. Formar a una persona, transformar una cultura, reconstruir una institución, sostener una causa, educar para la libertad, reinventar una vida o cuidar una democracia son tareas lentas. Exigen tiempo, frustración, perseverancia y, sobre todo, comunidad.

Pienso también en la facilidad con la que mi generación, y algunas anteriores, cae a veces en relatos de desencanto sobre quienes vienen detrás. Como si las nuevas generaciones fueran motivo de alarma, desconcierto o sospecha. A mí me pasa más bien lo contrario. Siento una profunda ternura y una gran ilusión cuando las miro. Sin idealizar sus contradicciones y fragilidades, veo en ellas una sensibilidad distinta, una forma de cuestionar lo dado, de incomodarse frente a lo injusto y de buscar caminos que quizás nosotros no alcanzamos a ver del todo. Tal vez parte de la esperanza consista también en confiar en que la vida siempre encuentra sus caminos y sigue abriendo posibilidades a través de otros, incluso cuando ya no se parecen a las nuestras.

Por eso me gusta ver la esperanza como una práctica compartida. Algo que se cultiva en las conversaciones que amplían la mirada, en los vínculos que nos devuelven perspectiva, en las comunidades que sostienen un propósito, en los equipos que se atreven a imaginar juntos lo que todavía no existe. La esperanza necesita cuerpos, voces, relaciones, memoria y futuro. Necesita de otros para no reducirse a consuelo privado y convertirse, de verdad, en una fuerza que transforma.

Cultivar esperanza en tiempos de incertidumbre

Acompañando personas, equipos y organizaciones en procesos de cambio, he aprendido que la esperanza no aparece por decreto ni se mantiene a punta de frases inspiradoras. Se cultiva. Y eso, en tiempos como estos, es casi un acto revolucionario.

Con los años he ido entendiendo que la emoción opuesta a la esperanza no necesariamente es la desesperanza. Casi siempre es el miedo. Byung-Chul Han lo formula de otro modo cuando contrapone la esperanza a una sociedad atrapada en la lógica del miedo y de la mera supervivencia, mientras la esperanza vuelve a abrir horizontes. Me parece una distinción valiosa porque describe con precisión algo que veo con frecuencia en el mundo organizacional. El miedo y la incertidumbre estrechan posibilidades. Nos repliegan sobre lo urgente, nos vuelven más defensivos, cortoplacistas y reacios al riesgo. La conversación se encoge y la imaginación se empobrece. La energía se va en apagar incendios, proteger lo que queda y tratar de controlar lo incontrolable. Pilar Jericó, que lleva años trabajando el miedo en el liderazgo y en las organizaciones, también ha insistido en la importancia de reconocerlo y atravesarlo para que no termine gobernando nuestras decisiones y reduciendo la vida, dentro de ellas, a mera supervivencia.

Cultivar esperanza implica devolvernos amplitud en medio del miedo. Recuperar la posibilidad de imaginar, elegir y construir sin negar la dificultad ni endulzar la realidad. Quizás por eso la valentía no consista en ausencia de miedo, sino en la decisión de no dejar que el miedo dicte por completo nuestro campo de acción.

A lo largo de los años he visto que hay prácticas concretas que ayudan a hacerlo posible.

La esperanza florece cuando podemos nombrar con honestidad la realidad sin quedar atrapados en ella. Cuando miramos de frente lo que duele, lo que se perdió y lo que todavía no sabemos, y aun así abrimos una conversación sobre lo que sigue siendo valioso, sobre lo que queremos cuidar y sobre lo que todavía merece ser creado. Difícilmente prospera donde se maquilla el dolor, se minimiza la incertidumbre o se impone un optimismo obligatorio. Esto es especialmente importante en procesos de cambio, fusiones, reestructuraciones o downsizing, donde la tentación de disfrazar lo que está pasando o acelerar respuestas puede terminar desconectando a las personas de lo que realmente está en juego.

La segunda es ampliar el horizonte. Cuando una persona o un equipo queda atrapado en el miedo, su mundo de posibilidades se empequeñece. Todo se reduce al problema inmediato, al error, al déficit, a la amenaza. Por eso una de las tareas más importantes de quienes acompañamos o lideramos procesos de transformación es ayudar a recuperar perspectiva: recordar capacidades, reconocer aprendizajes, volver a conectar con el propósito, identificar posibilidades que no estaban siendo vistas y cultivar estados de ánimo que hagan posible la acción. A veces la esperanza empieza ahí, en una conversación que devuelve amplitud cuando todo parecía haberse estrechado.

La tercera es cultivar comunidad. Pocas cosas erosionan tanto la esperanza como la soledad. En cambio, cuando las personas sienten que no tienen que atravesar solas la incertidumbre, encuentran fuerzas para seguir. Se reconocen parte de algo más grande que su miedo, su cansancio o su desconcierto. Aparece más valentía, creatividad y disposición a ensayar caminos nuevos. He visto equipos enteros recuperar energía simplemente porque alguien abrió un espacio de escucha genuina, porque se hizo una pregunta distinta, porque se volvió legítimo pedir ayuda, porque se dio cuenta que nadie tenía que cargar solo con todo.

La cuarta es ofrecer experiencias de agencia. La desesperanza suele instalarse cuando sentimos que hagamos lo que hagamos nada cambiará. Por eso, incluso en contextos difíciles, importa diseñar pequeñas experiencias de movimiento: decisiones que sí podemos tomar, conversaciones que sí podemos tener, experimentos que sí podemos hacer, vínculos que sí podemos reparar. La esperanza, antes que de una gran visión, muchas veces nace en un gesto pequeño que nos devuelve la sensación de que todavía podemos incidir en la realidad.

Y hay algo más que me parece fundamental: cuidar la imaginación como disciplina. Imaginar, más que evadir o fantasear con un futuro perfecto, es ensayar posibilidades, preguntarnos qué más podría ser verdad, qué otras respuestas caben, qué caminos no estamos viendo todavía. En tiempos de incertidumbre, la imaginación es una forma de resistencia, pero también una forma de responsabilidad. Porque lo que no logramos imaginar difícilmente lograremos construirlo.

Quizás, al final, cultivar esperanza tenga menos que ver con esperar resultados y más con crear las condiciones para que la vida vuelva a moverse. Para que una persona recuerde que aún tiene algo valioso que ofrecer. Para que un equipo vuelva a encontrar sentido en medio del cansancio. Para que una organización no se limite a sobrevivir, sino que se atreva a preguntarse qué futuro quiere ayudar a hacer posible.

Tal vez, al final, la esperanza radical tenga que ver con seguir apostando por la vida aun cuando el futuro no ofrece garantías. Con imaginar, construir y acompañar futuros incluso en medio de la incertidumbre.

La esperanza no es una certeza que se contempla desde la orilla. Se parece más a una forma de seguir caminando cuando no tenemos todas las respuestas, pero sí razones para no renunciar.

Tal vez porque vengo de un país herido, Venezuela, me cuesta pensar la esperanza como una emoción decorativa. La siento más bien como una forma de fidelidad: a la vida, a la posibilidad, a eso que todavía no termina de tomar forma, pero ya empieza a abrirse paso. Quienes hemos vivido de cerca la fractura sabemos que la esperanza no siempre se parece al entusiasmo. A veces se parece más a la terquedad, al trabajo silencioso, a la decisión de no renunciar del todo a lo humano cuando alrededor abundan razones para hacerlo.

Cuando los mapas de siempre dejan de servir, la tarea es atrevernos a dibujar otros. No porque tengamos garantías, sino porque el presente no agota todas las posibilidades de la vida. Y porque, al fin y al cabo, imaginar futuros cuando nada los garantiza sigue siendo una de las formas más hondas de la libertad.

Consultoría de cabecera

Un abordaje integral y a medida para la transformación organizacional

 
Arianna Martínez Fico
Especialista en gestión del cambio y transformación cultural organizacional
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