Habitar el placer: la energía que sostiene lo extraordinario
Hay palabras que son casi tabú en el mundo organizacional.
Placer es una de ellas.
En este entorno hablamos de indicadores, compromiso, motivación, desarrollo, bienestar. Más recientemente, de felicidad y seguridad psicológica. Hemos aprendido a diseñar culturas, a medir clima y engagement, a gestionar la experiencia del colaborador.
En medio de todo eso, rara vez nombramos algo esencial que empieza -en parte impulsado por nuevas miradas generacionales- a asomar con más fuerza: la capacidad de disfrutar lo que hacemos.
El pasado fin de semana participé en una Biodanza de primavera guiada por Marianela Van Grieken, maestra con más de treinta años de experiencia. El foco del encuentro era el placer.
Lo que viví ahí fue una reconexión profunda con el placer como una capacidad que es posible desarrollar cuando lo vemos como forma de estar en la vida, antes que como lujo o accesorio.
Más allá del encuentro, de la música o del movimiento, lo que emergió en ese grupo de danzantes fue una experiencia de presencia, conexión y plenitud.
Y desde ese lugar, apareció una pregunta que tiene días dándome vueltas en la cabeza:
¿Qué lugar tiene el placer en la forma en que trabajamos, lideramos y nos relacionamos?
¿De qué hablo cuando hablo de placer?
Hablar de placer en empresas puede resultar, todavía, una conversación incómoda o difícil de ubicar. Quizá porque durante mucho tiempo lo hemos asociado a lo superficial, a lo inmediato o a lo privado.
El placer es algo mucho más profundo.
Desde su raíz etimológica, el placer remite a aquello que agrada, que resulta grato, que genera una sensación de bienestar en el cuerpo y en el alma. Es una experiencia que involucra al ser completo, más que solo una emoción pasajera.
En la tradición griega, aparece vinculado a Eros, esa fuerza vital que impulsa la vida, el deseo, la conexión. No reducido a lo sexual, sino entendido como energía de creación, de vínculo, de expansión.
Eros es lo que nos mueve hacia lo que nos hace bien. Lo que nos acerca a otros.
Lo que nos conecta con el deseo de vivir.
Desde esta mirada, el placer es una de las expresiones más esenciales de la vida.
Y, como propone la Biodanza, sentir placer se trata de una capacidad que se despierta y se cultiva desde dentro, no de algo que perseguimos fuera de nosotros.
Aparece cuando habitamos el cuerpo con presencia. Cuando nos permitimos sentir.
Cuando entramos en contacto con lo que está vivo en nosotros y en los otros.
También cuando nos sentimos cómodos en nuestra propia piel. Cuando el cuerpo se convierte en un espacio íntimo, auténtico, sagrado y habitable, en lugar de uno de exigencia y comparación.
El placer, entonces, no es solo intensidad. Es también sutileza y gratitud.
Una forma de estar que reconoce la vida tal como se presenta, que se abre a lo que es y encuentra en ello motivos para sentirse en conexión.
Está en lo extraordinario… y en lo profundamente cotidiano: respirar con conciencia, en una conversación genuina, en la sensación de estar plenamente en lo que hacemos. En la capacidad de percibir la belleza de lo simple. En esos momentos en los que, sin que ocurra nada especial, algo dentro de nosotros se siente en armonía.
También en el reconocimiento sincero de lo que ocurre, en la capacidad de celebrar lo pequeño, en detenernos a ver lo que sí está presente, lo que crece, lo que se despliega.
Ahí empieza a cambiar la pregunta, porque más que buscar el placer, se trata de reconocer desde dónde estamos viviendo -y trabajando- aquello que hacemos.
Revisitar lo que entendemos por placer
Durante mucho tiempo he sostenido -y sigo creyéndolo en gran medida- que la felicidad es un estado interno. Algo que no depende de lo que ocurre afuera, sino de la relación que construimos con lo que vivimos.
En ese camino, he tendido a diferenciarla del placer. Solía decir que los occidentales tendemos a asociar felicidad con placer y ver el placer como algo más inmediato, más circunstancial, incluso más superficial.
Hoy no estoy tan segura.
Quizás no es que haya separado del todo ambos conceptos, sino que he reducido el placer a una idea limitada de lo que realmente es.
Tal vez hemos confundido placer con gratificación momentánea, consumo, estímulo. Y, desde ahí, lo dejamos fuera de conversaciones que consideramos “serias”.
Lo que he estado viviendo estos días me movió esa mirada. El placer del que hablo aquí es conexión y presencia gozosa. No es evasión, distracción ni exceso.
Es la capacidad de estar plenamente en lo que ocurre. Estar con todo: cuerpo, emoción, mente, espíritu y con el otro.
Desde ahí, se abre la posibilidad de relacionarme con el placer como puerta de entrada a la profundidad.
El placer en las organizaciones
Si el placer es una forma de estar en la vida, ¿qué lugar tiene en las organizaciones?
Aunque no lo nombremos, el placer -o su ausencia- está presente todos los días en la forma en que trabajamos.
Se siente en la calidad de las conversaciones. En la manera en que habitamos las reuniones.
En el nivel de presencia -o de desconexión- con el que hacemos lo que hacemos.
Hay equipos donde todo parece fluir con naturalidad. Donde las ideas emergen, las conversaciones se abren y las personas se encuentran en un ritmo compartido. Y hay otros donde todo pesa. Donde cada interacción exige esfuerzo y la desconexión se vuelve norma.
Esa diferencia no siempre está relacionada con la estrategia o los procesos. Muchas veces tiene que ver con el estado desde el cual las personas están habitando su trabajo.
Cuando hay placer, en el sentido profundo de la palabra, aparece una sincronía genuina. Esa sensación de alineación, de fluidez, de encuentro. De estar juntos en lo que está ocurriendo. En mi experiencia profesional, sé que esto es algo difícil de forzar.
También aparece en algo tan simple como el humor compartido. En la posibilidad de jugar, reír y relajarse sin perder profundidad. No como distracción, sino como expresión de vitalidad. Porque en la liviandad, muchas veces, es donde el trabajo empieza a fluir y los números a subir.
Y se expresa en cosas que podrían parecer pequeñas… pero no lo son.
En el reconocimiento sincero entre colegas. En la celebración cotidiana, no la de los grandes hitos, sino la de los avances del día a día. En el agradecimiento sincero donde los detalles no se nos hacen transparentes. En esos momentos informales donde una conversación alrededor de un café abre más posibilidades que muchas reuniones estructuradas.
Recuerdo hace muchos años, en un congreso sobre gestión del conocimiento, escuchar a uno de los referentes del tema decir que, después de todo lo que habíamos discutido sobre sistemas y herramientas, no conocía una mejor forma de compartir conocimiento que alrededor de una cafetera.
Y tenía razón. En esos espacios de encuentro no planificados y, aparentemente triviales, emerge la conexión.
Lo he vuelto a ver recientemente.
Acabo de terminar un taller de tres días con una empresa de tecnología, donde más allá de los contenidos, lo que las personas más valoraban era la posibilidad de encontrarse. De estar presentes, reír juntos, conversar sin prisa y sin electrónicos. De redescubrir el trabajo como un espacio humano. Ahí, sin necesidad de grandes discursos sobre el impacto del trabajo en silos, emergieron la confianza, la colaboración y la capacidad de construir juntos.
También está en la forma en que nos relacionamos con el propósito. No solo como una visión futura que genera presión, sino como algo que se construye en lo cotidiano.
En cada decisión. En cada conversación. En cada elección.
Hay una idea del budismo que siempre me ha resultado profundamente liberadora: la vida no tiene un sentido fijo o dado de antemano. Lejos de ser una carencia, para mí eso es una posibilidad, porque nos permite construirlo, una y otra vez, en la forma en que vivimos lo que hacemos.
El camino hacia los resultados no tiene por qué vivirse desde la tensión constante.
También puede vivirse desde el disfrute.
Desde ese estar placentero, las personas que disfrutan lo que hacen resultan naturalmente atractivas. Generan cercanía, invitan, convocan. Y esa cualidad, tan relevante en cualquier entorno profesional, tiene mucho más que ver con cómo están que con cualquier técnica que hayan aprendido.
Es una condición que transforma la calidad de la experiencia… y, muchas veces, también la calidad de los resultados. Es una forma de estar que atraviesa todo.
Una cualidad que puede convertirse en estrategia transversal, más que en programa aislado.
El placer, entonces, no es un “extra” o una iniciativa puntual de bienestar. Se trata de crear condiciones donde pueda emerger. Espacios donde haya lugar para la presencia, la conexión, el vínculo genuino. Incluso en los momentos exigentes -como cuando un equipo se queda hasta tarde para cerrar un entregable- cambia la experiencia. Lo que ocurre no es solo esfuerzo… también puede ser un compartir.
Las organizaciones están llenas de conversaciones sobre desempeño, resultados y futuro; sin embargo, pocas veces nos detenemos a mirar cómo hacemos lo que hacemos, cómo estamos viviendo el camino hacia todo eso.
Habitar el placer no es lujo ni distracción. Es una forma de volver al cuerpo, a la presencia, al encuentro. De recordar que la vida -y en ella, el trabajo- ocurre en cada momento que vivimos.
Quizás se trate de algo muy simple y, a la vez, profundo: reaprender a estar. A reconocer, conectar, confiar, colaborar, celebrar.
Cuando eso ocurre, se transforma la manera en que creamos…
y el trabajo se convierte también en una aventura.
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