La externalización del alma
Quiénes somos cuando dejamos de preguntárnoslo a nosotros mismos
Algo nuevo, silencioso y transformador ha comenzado a flotar en el aire.
Escribo estas líneas en una semana cargada de símbolos: el inicio de un nuevo año chino, el del Caballo de Fuego; un eclipse en Acuario -una configuración poco frecuente- que algunos leen como anuncio de un nuevo ciclo; y el comienzo de la Cuaresma.
Distintas tradiciones, lenguajes, cosmologías… y, sin embargo, todas apuntan en una misma dirección: detenerse, revisar, preguntarse.
Hay momentos del año que funcionan como umbrales que nos invitan a volver la mirada hacia adentro. A interrumpir la inercia cotidiana y hacernos preguntas que no suelen tener espacio en medio del hacer permanente:
¿Quién soy hoy?
¿Qué quiero conservar?
¿Qué necesito soltar?
¿Qué parte de mí ya no es verdadera?
Diferentes tradiciones culturales han creado rituales para acompañar estos tránsitos. El ritual, más que un acto supersticioso, es una suerte de tecnología de conciencia, una manera de marcar el tiempo interior cuando el tiempo exterior sigue avanzando sin pausa.
Pero hoy, algo ha cambiado.
En una época hiperconectada -y, a la vez, hiperdesconectada- incluso en los momentos diseñados para la introspección, la mirada se nos va hacia afuera. Buscamos señales, interpretaciones, confirmaciones. Consultamos horóscopos, algoritmos, lecturas, tests de personalidad, inteligencias artificiales, “expertos”, tendencias. Pedimos al mundo que nos diga quiénes somos, qué debemos hacer, hacia dónde ir.
Externalizamos la pregunta.
Lo que antes era una conversación íntima con nosotros mismos, se ha convertido, progresivamente, en una consulta externa. En algunos casos, casi una forma de outsourcing de identidad. Como si la respuesta correcta estuviera en otra parte. Como si alguien o algo nos conociera mejor que nosotros.
No se trata de negar el valor de los símbolos, las tradiciones o los sistemas que nos ayudan a pensar. Han existido siempre y, bien usados, pueden reflejarnos aspectos clave de nuestra experiencia. El problema aparece cuando dejan de ser espejos y se convierten en sustitutos. Cuando comenzamos a usarlos para escucharnos… y terminamos usándolos para evitarnos.
En una era con acceso sin precedentes a información, orientación y respuestas, estamos perdiendo contacto con nuestra propia interioridad, la única fuente que no puede ser tercerizada. Es como si el alma, incapaz de reconocerse en su propio silencio, empezara a externalizarse.
Más allá de aquello que dicen los astros, los sistemas o los algoritmos, quizás la pregunta más relevante en momentos como este sea:
¿Seguimos sabiendo cómo escucharnos?
La identidad no es delegable
Cuando la identidad deja de construirse desde la experiencia directa y comienza a recibirse desde sistemas externos, algo empieza a cambiar.
Durante siglos, la interioridad fue el espacio primario de orientación. No como un lugar cómodo, sino como un territorio exigente. Conocerse implicaba atravesar silencio, contradicción, ambivalencia. No había respuestas instantáneas. Había proceso.
Hoy vivimos rodeados de sistemas capaces de procesar información, detectar patrones y ofrecernos interpretaciones inmediatas. Eso amplía nuestras posibilidades. Pero también introduce una tentación nueva: delegar la construcción de sentido. La frontera entre consultar y depender se vuelve cada vez más delgada.
Externalizar ocurre por eficiencia más que por debilidad. Es más rápido recibir una narrativa que construirla. Es más cómodo adoptar una interpretación que sostener una pregunta abierta. Es menos angustiante recibir dirección que atravesar la incertidumbre.
Hay una diferencia profunda entre orientación y sustitución. Las herramientas pueden ampliar nuestra capacidad de ver, pero no pueden reemplazar nuestra capacidad de ser.
El verdadero problema no son las herramientas, sino el desplazamiento de la autoridad.
Si comenzamos a sustituir la experiencia y la introspección por interpretación externa, se modifica nuestra relación con nosotros mismos. La identidad se convierte en una respuesta recibida desde afuera que puede darnos sensación de orden y claridad, pero, poco a poco, casi sin notarlo, empezamos a perder el hábito de escucharnos.
El mapa no es el territorio
Los símbolos orientan, los sistemas organizan, los astros sugieren, los rituales marcan ritmos.
Un horóscopo puede ofrecernos una guía inspiradora. Un eclipse puede invitarnos a pausar.
Una tradición puede recordarnos valores olvidados. Sin embargo, ninguno de ellos vive nuestra experiencia concreta, ni decide por nosotros ni actúa en nuestro lugar.
Los mapas sirven para orientarnos en el camino, pero no caminan.
Confundir el mapa con el territorio es cómodo. Nos da sensación de dirección sin exigirnos responsabilidad. Si “esto estaba escrito”, entonces yo solo lo ejecuto. Si “esto me define”, entonces yo solo lo acepto. Si todo es destino, no hay autoría. Pero la vida no ocurre en una lectura ni está dictada por los dioses; es una construcción de elecciones cotidiana.
Hay una antigua discusión que sigue muy vigente. Para algunos pensadores como Parménides, la realidad era fija, inmutable. El ser es lo que es. Para Heráclito, en cambio, todo fluye. Nada permanece. Nos hacemos en el devenir.
Nuestra época parece oscilar entre ambas posturas: queremos certezas inmutables que nos definan, pero vivimos en una realidad en constante cambio.
Quizá la interrogante no sea si todo está escrito o si todo es flujo, sino si estamos dispuestos a asumir que somos coautores de nuestra propia vida.
Nos creamos y nos recreamos en el lenguaje que usamos, en las decisiones que tomamos, en las acciones que sostenemos. No estamos predestinados por los astros ni programados por los algoritmos. Tampoco somos una esencia fija que simplemente se revela.
El territorio somos nosotros. Y ese territorio está vivo.
Habitarnos
Habitarse es una práctica exigente.
Significa quedarse cuando algo duele en lugar de correr a interpretarlo, atravesar un duelo sin convertirlo inmediatamente en aprendizaje, permitir que la tristeza exista sin traducirla en historia constructiva.
Habitarnos es sostener la incertidumbre sin anestesiarla con respuestas externas, no salir corriendo hacia la explicación cuando aparece la incomodidad. Es reconocer que hay emociones que necesitan presencia antes que diagnóstico.
Vivimos en una cultura que nos enseña a optimizarlo todo, incluso la experiencia interior. Queremos entender lo que sentimos, clasificarlo, nombrarlo rápido, resolverlo. Pero algunas experiencias se atraviesan, no se resuelven.
Habitarse implica aceptar que no todo es claro, lineal, ni tiene una interpretación inmediata.
Significa aceptar que estamos en proceso. Es llorar lo que hay que llorar, reconocer el miedo sin disfrazarlo de intuición cósmica y asumir la responsabilidad de nuestras decisiones sin atribuirlas al destino.
Es usar los símbolos como referencias y no como reemplazos. Volver a la experiencia concreta: al cuerpo que siente, al lenguaje que elegimos, a la acción que ejecutamos.
Habitarse es un acto de madurez.
Y también un acto de coraje. Cuando dejamos de externalizar la pregunta, ya no podemos culpar al mapa si el camino no nos gusta.
Hay procesos que ningún horóscopo puede atravesar por nosotros, pérdidas que ninguna narrativa externa puede digerir, así como elecciones que un algoritmo no puede asumir. Y ese trabajo no siempre es luminoso. A veces es silencioso, incómodo, lento. Pero es propio.
Habitarse es aceptar que el crecimiento es un trabajo interior sostenido: conexión consciente y presencia plena, autoconocimiento, meditación, reflexión, oración, gratitud.
Tal vez estos momentos simbólicos -eclipses, comienzos de año, alineación planetaria, tiempos de recogimiento- no están ahí para decirnos quiénes somos, sino para recordarnos que podemos elegir cómo vivir.
La autoría no se delega.
Si el territorio somos nosotros, entonces nuestra vida es una obra en construcción y no es un guion a descifrar.
En tiempos de tanta influencia exógena, tal vez requiramos más orientación endógena para definir aquello que estamos dispuestos a crear con el territorio que somos.
Asumir que nuestra vida es una obra de arte es aceptar que somos responsables de su forma sin romantizarla.
No somos lectores, sino autores de una existencia en evolución.
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